El pelo social
En la piel de algunos animales, especialmente en los mamíferos, crecen filamentos cilíndricos conocidos como pelo, cuyos colores varían según la producción y oxidación de la melanina, así como por mutaciones genéticas heredadas. Regularmente estos tonos suelen ser castaños, negros, amarillos o rojizos, dependiendo de la cantidad de melanina que los genes permitan producir. Cuando la melanina deja de generarse por envejecimiento, genética, estrés o condiciones médicas, los colores desaparecen y los filamentos se vuelven hilos grises mejor conocidos como canas. Para los interesados, pareciera que el pelo en sus múltiples variantes está ahí por alguna razón.
La función biológica del pelo está relacionada con la protección de la piel, la termorregulación y su papel como coadyuvante sensorial. El homínido de gran cerebro conocido como humano, persona, terrícola o gente, al pertenecer también a la clase de los mamíferos, cuenta con estos filamentos cilíndricos a los que, independientemente de sus funciones biológicas, suele atribuir simpáticas funciones sociales. El color, la abundancia, la forma y el modo de acomodar los filamentos que brotan de la piel se han relacionado con el estatus, la identidad, la belleza y hasta con la cochina política, gracias al cerebro del mencionado homínido.
Por fortuna, para los mamíferos humanos que no están cómodos con el color, la abundancia, la forma o el acomodo de sus filamentos cilíndricos, existen múltiples opciones. Tintes, ceras, champús, acondicionadores, tratamientos, aceites, ampolletas, mayonesas e incluso procedimientos quirúrgicos ayudan a que los brotes de melanina en forma de hilo no se vuelvan un problema mayor para los inquietos bípedos sociales. A la aparición de canas se le asocia con la vejez, y nadie que aún se considere en plenas facultades quiere lucir lo viejo que realmente es; así, el mamífero inteligente decidió pintarlas de colores más vivos para simular una producción juvenil de melanina.
Se dice que, en un primer momento, el cabello rubio fue una adaptación genética para aprovechar mejor los rayos del sol en latitudes altas y sintetizar suficiente vitamina D, evitando así que los huesos se volvieran frágiles por deficiencias. Sin embargo, con el paso del tiempo y la intervención de los grandes cerebros, esta característica se asoció con estatus, belleza, pertenencia e identidad. Los mamíferos que no necesitaban ser rubios decidieron imitar, mediante tintes, la condición de quienes sí dependían de esa solar adaptación. Hoy cualquiera puede lucir filamentos amarillos sin vivir en montañas nevadas ni padecer carencias vitamínicas.
El cabello puede formar espirales, ondas o mantenerse totalmente liso, dependiendo de las herencias genéticas de los mamíferos que lo portan. Se dice que estas formas respondían también a la humedad, al calor y a la adaptabilidad que el cabello ofrecía a dichas condiciones ambientales, aunque nadie está completamente seguro. Lo cierto es que, gracias al super cerebro y al paso del tiempo, dichas formas adquirieron funciones sociales y los homínidos inventaron onduladoras y alaciadoras para modificar a voluntad sus milimétricos cilindros, sin necesidad de soportar incomprensibles genes caprichosos. El cabello heredado dejó entonces de ser destino para convertirse en elección.
Además de la sesera, la piel cubre el resto del inteligente cuerpo mamífero, por lo que es común encontrar filamentos en otras latitudes corporales menos encabezantes, como dobleces, frentes y reveses. Cejas, pestañas, bigotes y barbas se integraron a la funcionalidad social de los hilos de melanina, otorgándoles valores simbólicos de estética, masculinidad, poder o incluso rebeldía. El rostro, en consecuencia, se volvió un lienzo donde los pelos también comenzaron a decir cosas que de otra forma no se podían.
Los mamíferos pensantes continúan ocupándose de sus filamentos como quien cuida un relato, el propio. Los tiñen, alisan, enroscan o cortan porque, además de animales con grandes cerebros, son seres que temen el paso del tiempo, desean pertenecer y principalmente ser. Hoy el cabello no solo protege la piel: protege también la ilusión. Cada hebra guarda lo que se hereda y lo que se elige, entre lo que la conciencia del homínido recuerda y lo que el cuerpo intenta olvidar. Quizá por eso ya los filamentos nunca son solo pelo, sino una breve escritura sobre el cuerpo, o lo que es mejor, una caligrafía social como interpretación corporal de existir.
