Las unidades deportivas a lo largo y ancho del territorio zacatecano se han convertido en el símbolo más cruel del abandono institucional. Espacios concebidos para la salud y el desarrollo comunitario, son transformados en “tierras sin ley”, donde proliferan la violencia y la delincuencia.
Estos complejos deportivos, que deberían ser oasis de bienestar, son ahora zonas de riesgo que las familias prefieren evitar.
La falta de servicios básicos como iluminación adecuada, vigilancia permanente, mantenimiento regular y personal administrativo ha convertido a estas instalaciones en territorios atractivos para actividades criminales.
Canchas o espacios abandonados, baños clausurados, áreas verdes convertidas en basureros y espacios oscuros, son el paisaje común de nuestras unidades deportivas en el estado.
Esta degradación no es accidental; es el resultado de la negligencia sistemática de autoridades que inauguran obras deportivas para fotografías en medios de comunicación, pero que las abandonan inmediatamente después. Sin programas de activación constante, horarios regulados o personal capacitado, estos espacios se convierten en vacíos urbanos que la criminalidad ocupa naturalmente.
LA MAGNITUD DEL FRACASO
La ironía es devastadora: instalaciones financiadas con recursos públicos para combatir problemas sociales a través del deporte, terminan generando más problemas sociales por su abandono.
Familias que podrían ejercitarse, jóvenes que podrían entrenar y comunidades que podrían recrearse sanamente son expulsadas por la ausencia de mantenimiento y servicios básicos en estos espacios.
¿Cuántas unidades deportivas funcionan realmente como centros de desarrollo integral comunitario y no como refugios para actividades ilícitas o rings de pelea? La respuesta expone la magnitud del fracaso: se ha convertido a la infraestructura deportiva en infraestructura delincuencial por omisión.
Recuperar estas unidades requiere más que inversión; demanda un cambio radical en la concepción del deporte como servicio público integral, no como decorado político desechable.
