CIUDAD DE MÉXICO. Cuando llegó la invitación no lo creía. Por fin, después de estar mandando cartas por años, finalmente podría asistir a un desfile de Giorgio Armani en su casa, Milán, famoso por la belleza de sus diseños minimalistas perfectos pero también por la elegancia y la privacidad que existía en cada show que montaba este gran creador.
En esta ocasión, y con motivo de la guerra de Ucrania, el maestro había decidido que las modelos desfilarían sin música en una muda protesta ante esta invasión que tenía conmocionado al mundo, así que la pasarela no se realizó en el Teatro Milán, donde generalmente se llevaban a cabo, sino en una especie de bunker subterráneo de tipo brutalista situado abajo de sus oficinas, en la vía Borgonuovo.
Desde el inicio, al entrar era como abrirse paso, silenciosamente, a una nueva dimensión; nada de decorados estridentes, ni de luces cegadoras, solo una penumbra etérea y un murmullo expectante de sus principales clientas, vestidas de él de pies a cabeza, y algunas celebridades, pocas, porque él no amaba los paparazzi. Entre ellas Cate Blanchett, una de sus grandes musas de siempre.
Todos hablaban en susurros, respetando la seriedad del caso, editores de moda con sus libretas, los pocos fotógrafos alineados contra la pared… Nada de gritos, ni selfies, a diferencias de otras pasarelas que parecen fiesta; todo parecía coreografiado por él mismo, para que pareciera limpio, sencillo, elegante… Como él.
El escenario era sencillo, pero efectivo, con paneles oscuros que dominaban el fondo sugiriendo estructuras arquitectónicas simples y elegantes con muchos reflejos en plata, destacados en la pasarela lineal.
Cuando la primera modelo apareció, se hizo un silencio absoluto. Caminaba con paso lento, envuelta en un traje colorido, atuendo en azul y plata, los dos tonos que predominaron en esta colección. Siguieron trajes sastre cortados a la perfección con pantalones que caían como columnas por las piernas para finalizar con hermosos vestidos nocturnos que brillaban como reflejos de agua y que encantan a las más bellas en las alfombras rojas. Todo perfecto, sin dramatismo ni exageraciones.
Y aunque todas eran de las mujeres más bellas del mundo, con ojos smokey en tonos oscuros, labios nude y con peinados tipo wet look, lo que sobresalía, por la magia del maestro, era cada pieza, cada puntada, cada hilo, cada bordado cuidadosamente realizado según las tradiciones artesanales más antiguas de Italia, su gran amor.
«Menos es más» era su lema. Así que al final era tan discreto como majestuoso, los colores se desvanecían en una paleta de grises llegando al plata metálico, uno de sus colores favoritos, ante los cuales el público aplaudió de manera discreta, casi religiosa. El maestro, todo vestido de negro, salió, inclinó apenas la cabeza y desapareció después de un segundo, dejando su magia para siempre.
Y es que un desfile de Armani no te arranca un grito de sorpresa sino un suspiro prolongado, ya que cada prenda es una promesa de eternidad, que se puede usar hoy o dentro de 30 años, y se ven impecables.
Cuando salí al ruido de Milán, con sus tranvías, turistas y motonetas, con los cafés llenos, en mi mente quedaba la certeza que el lujo verdadero «no grita», sino que se desliza lentamente y deja que la belleza explote en tu corazón.
