Agenda mezquina, presencia negativa
Hace no mucho tiempo, estimada y estimado lector, “sin querer queriendo” tuve una lección de gobierno única: la importancia del tiempo para el gobernante.
Mire Usted: durante muchos años, en distintas circunstancias, he tenido la fortuna de coincidir con diferentes personalidades del ámbito público que, en el ejercicio de una posición gubernamental o legislativa, me han enseñado cosas que considero de mucha valía para mi formación profesional.
Una de esas enseñanzas ha sido el manejo de una agenda por una cuestión básica y fundamental que es el uso del tiempo como recurso finito versus lo apremiante o importante de un tema en particular que amerite la atención directa o la presencia del personaje en cuestión.
Pero para explicarme, déjeme partir de una premisa: cuando se es gobernante (y aquí por favor aplique la connotación a las figuras que le vengan a la mente que estén formalmente incluidas en espacios de gobierno, tales como poderes, gabinetes, organismos autónomos y demás) es preciso entender la responsabilidad y los mecanismos que establece la administración pública que tienen que ver con la manera en que se delegan determinadas tareas.
Una forma de delegar es autorizar a una tercera figura para que, a su nombre y representación, acuda a determinados espacios, y lleve la presencia y voz de la figura principal a un público específico.
Esa “representación” implica que, a quien se le delega la misma (es decir, al “representante” para tal o cual situación) asuma la función de ser el principal y transmita un mensaje de manera tan fidedigna como sea posible, en el entendido de que la gente que lo escuche tiene que saber que lo que el representante diga, es como si lo hubiere señalado el principal. ¿Me explico?
Bueno pues, con eso en consideración, pasemos a esto: la presencia de una figura pública gubernamental en un día “A” en tal o cual espacio, necesariamente significa que ha tomado la determinación de dejar para otro momento otras opciones de espacios. Ese día “A” significa que, entre otras cosas, los temas, personas y lugares para que la figura se encuentre ahí tienen más importancia que un opción “B”.
Para que nos entendamos con un ejemplo sencillo, pongámoslo así: piense Usted en una persona titular de una presidencia municipal y su necesaria presencia en la ceremonia de conmemoración de la Independencia; hay una fecha establecida, con determinadas personas a su alrededor y con una temática rigurosa o especial. Su presencia ahí obedece a que es una ceremonia cívica en la que su asistencia es esencial.
¿Qué pasaría si esa persona decidiera no asistir a esa ceremonia, mandar a alguien en representación y, al mismo tiempo que se desarrolla la ceremonia con la presencia de un “delegado” o “representante”, esa persona titular estuviera, digamos, inaugurando una cenaduría de antojitos mexicanos de un familiar suyo? ¿Me explico en las dimensiones de la agenda?
Bueno, pues a lo que quiero llegar es que una agenda pública va dando rastro y deja huella de los asuntos/temas, personas, lugares o circunstancias por las que tiene determinada predilección, interés, ánimo o prioridad de atención, esto último por urgencia, emergencia o trato primordial.
La agenda de participaciones o eventos de un gobernante da cuenta entonces de una serie de ideas en las que subyace la importancia dada a la invitación recibida o acción gubernamental en puerta y, por otro lado, también da un mensaje respecto de su posición como gobernante al hacer uso de un subalterno para que dé a conocer determinado mensaje.
Así que podemos considerar que un gobernante, al decidir atender presencialmente o enviar un representante, está realizando una elección que, por definición, discrimina otras opciones, es decir, es un juego de suma cero. Aparecerse -o no- en un evento, implica una toma personal de decisiones o de equipo de trabajo en la que se le está dando una relevancia o importancia a esa determinación.
El problema estriba cuando se comienzan a tomar decisiones de agenda pública de manera frívola, mezquina -o estúpida, según lo quiera ver- o muy a la ligera, ya que la presencia -o ausencia- del personaje público envía un mensaje (“le importa estar aquí” o “le vale estar aquí”) que se aquilata con el mensaje público o discurso que se pronuncia, porque a final de cuentas, presencia (o ausencia) más mensaje/discurso -incluso pronunciado por un tercero-, envía precisamente eso, un mensaje al público, mismo que puede tener una connotación eminentemente política para hacer valer su peso como gobernante.
Por eso cuando un personaje político decide no hacer presencia en un evento de agenda pública y enviar a un “delegado” o “representante”, está dejando de lado atender personalmente y le pasa la estafeta a ese tercero que hable por él.
Y otro problema estriba cuando ese “representante” resulta ser un segundo de a bordo torpe, sobrado, arrogante y que no tiene el talento o la capacidad para atender la indicación de representar con pulcritud y tesón a su jefe, sirviendo solamente como un mero parapeto de imagen pública limitado y que no hace más que abonar a la presencia negativa de su jefe.
Pero todo, a final de cuentas, es producto de su propio peso.
*Doctor en Ciencias Políticas y Sociales con orientación en Administración Pública, UNAM
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