Los insomnes también sueñan
Por culpa del misterioso movimiento de rotación de la Tierra, la mitad de la vida sucede de noche y probablemente haya quienes piensen que es la mejor mitad. La cosa es que, por aquello de la tenebra que llega nocturna, se ha impuesto culturalmente dedicar esa mitad, regularmente, al sueño.
La luz del día se aprovecha para las tareas que requieren la conciencia, ya de noche, sin tanta estorbosa claridad, se puede perseguir a lo demás. Uno de los problemas surge cuando la gente que debería estar dormida de noche no puede y nomás está con los ojos pelones pensando en silencio todo eso que no pudo pensar con el ruido diurno.
Los insomnes son esos inadaptados al movimiento rotatorio que, por alguna razón voluntaria o no, les roban horas a los sueños.
Para un buen descanso se recomienda establecer una rutina de sueño y crear un ambiente más o menos propicio en esos lugares que se llaman dormitorios. Se recomienda adoptar buenos hábitos de relajación y respiración para desconectarse de la molesta vigilia en el menor tiempo posible.
Es importante evitar el consumo de estimulantes o comidas pesadas antes de dormir, así como alejar los malos pensamientos, sentimientos de culpa o dudas existenciales que poco aportan a la relajante causa. Conviene estar lo más cómodo posible como para poder olvidarse de todo lo incómodo que se tendrá que volver a estar una vez abandonado el aposento.
Se pueden contar borregos, ilusiones, recuerdos o evocar alguna que otra mentira para dejar la conciencia más o menos tranquila y así caer con toda confianza en terrenos de lo inconsciente.
Cuando el insomnio persiste, se recomienda adoptar rutinas de ejercicio que cansen tanto al cuerpo como para que la mente no pueda ganarle tan fácil. Incluso aquellos que no se esfuerzan demasiado sus cuerpos durante el día, pueden acudir a parques, canchas, gimnasios o todos esos lugares en los que se pueden vaciar los restos de energía ingresada al cuerpo sin ser necesario.
Un placer se produce al ejercitarse muy similar al que produce comer, con la única diferencia que los espejos se vuelven más o menos necesarios en medida de elegir exageradamente cualquiera de las dos opciones. Un cuerpo cansado en el día solo necesita la noche para estar preparado para volverse a cansar. La noche renueva las ganas de tener ganas de algo.
Si lo del cuerpo no funciona, siempre se puede intentar la limpieza del alma o fortalecer el espíritu a través, por supuesto, del uso de la conciencia y otras mentiras lo suficientemente consoladoras trabajadas durante el día.
Se recomienda no tener ambiciones vulgares ni ganas de tantos éxitos banales para ahuyentar a enemigos, resentidos o malhechores que quizás tampoco puedan dormir por su propia falta de triunfos.
Se puede orar antes de acostarse para pedirle a alguna fantástica deidad que la realidad esté mejor al despertar casi como por arte de magia, por supuesto, con la promesa de arrepentirse lo suficiente y confiar en una gran arquitectura universal que considere incluso la rotación de la tierra. Cualquier cosa con tal de dormir tan bien como cuando se carecía de fe, valor y conciencia. El insomnio también se aprende.
Si tampoco eso funciona, un vaso de leche caliente puede evocar a la madre y ese arrullo compasivo y amoroso que, junto con la vida, alguna vez involuntariamente llegó. Seguro que en un vientre se podría planchar mejor la oreja.
A falta de lácteos gestálticos, otros sustitutos orales pueden embriagar temporalmente las vigilias. Las noches están llenas de sus clientes. Valeriana, melatonina, manzanilla, mezcal y todo lo médicamente prescrito para aletargar tantito el alma puede ayudar.
Conviene evitar la cafeína una vez pasada la tarde para no estar injustamente en alerta cuando los demás tampoco están. El trato es respetar la vulnerabilidad ajena que amparan las sombras. Si nada sirve, a veces funciona leer para, de perdido, imaginar soluciones contra el insomnio mientras la Tierra gire y se consuma esa otra mitad de la vida dedicada, regularmente, al sueño.
