Avecindados
El mundo gira y con él sus despreocupados pasajeros nacen ya a bordo. Juntos van a algún lado que no es indispensable saber. La simple idea de compartir el espacio con otros muy parecidos como que despreocupa un poco sobre el fin del viaje.
Compartir cualidades con extraños hace extrañarse menos y no sentir tan pesado el trayecto a ningún lugar que cada quien emprende al nacer. Los vecinos, por ejemplo, son aquellos innecesariamente parecidos que se cruzan con frecuencia en el mismo camino domiciliar, nomás porque también por ahí andan habitando. En un principio, completos desconocidos con los que, por azares de destinos ajenos a la voluntad, comparten cercanía en eso del existir. En algo se coincide con los que habitan cerca que nunca se dice.
Una azarosa inmediatez habla del contexto en el que, con esos misteriosos transeúntes, se puede compartir. Qué tan diferentes pueden ser los que por múltiples factores establecieron cercanos sus propios centros del mundo.
A los vecinos se les puede dar los buenos días o se les puede ignorar completamente, dependiendo de las necesidades en turno. Es fácil enterarse involuntariamente de los detalles de la vida de otros nomás por compartir cuadra.
Las paredes todavía no son lo suficientemente gruesas como para no volverse espectador involuntario de vidas ajenas al interés personal. Las casas en colonias residenciales suelen ser más grandes, hecho que incrementa también el espacio de privacidad para no andar, involuntariamente, publicando los detalles del vivir.
Por el contrario, los muros y distancias entre las casas de interés “popular” permiten ser lo suficientemente transparente en el actuar cotidiano, y dejar saber cuando se enciende la licuadora, cuando se le baja al baño o cuando se cantan canciones creyendo que nadie más escucha.
Siempre hay vecinos ruidosos que comprometen los oídos ajenos nomás por normalmente existir, otros por fortuna, podrían ganarse un premio en eso de vivir a discreción.
Las calles son las venas de la ciudad y por ellas fluyen los que ya encontraron motivos para no quedarse deteniéndole la vida al tiempo. Algunos vecinos se van temprano y vuelven nomás a dormir porque mañana hay que irse de nuevo y así, hasta que no se pueda más.
Otros, vuelven de la vida en el hogar, innecesario el exterior. Acompañándose de hijos, mascotas y plantitas, las casas se suelen sentir más como el único centro del mundo. Buenas tardes vecino, cómo está, hace mucho que no lo veía porque, aunque poco me interesa su presencia, es bastante chismeable su ausencia.
El otro día escuché que le gritaba a su hijo, a su perro, al espejo o a quien sabe que fantasma que no era yo. ¿Todo bien en casa, vecino? Qué le importa, viva y deje vivir que usted y yo nomás compartimos cercanía y eso sin querer, ni que fuéramos iguales, medianamente parecidos o habitantes de un mismo mundo que quien sabe a dónde va. Mejor cámbiese de banqueta y nomás salude fingiendo una casual sonrisa.
A los vecinos se les puede ignorar porque qué necesidad de compartir con otros, ni qué toda la gente fuera tan simpática como para andar haciendo amigos que no sean compañeros de escuela, de trabajo, de familia o de esos otros rubros que sí se eligieron voluntariamente, o más o menos.
Qué tan igual pueden ser esos otros de enfrente, de atrás, de un lado. Ni que las circunstancias pusieran a la gente por montones donde mismo, compartiendo condiciones de las que nunca se enteran. Aquí ando vecino, para prestarle una tacita de azúcar, de café o de interés en su vida privada, compartiendo el viaje a quién sabe dónde, a bordo de esta misma colonia popular o residencial pero siempre habitacional.
Qué tal que no somos tan distintos y a mí también me gusta cantar las mismas canciones cuando pienso que nadie más escucha, qué tal que también uso temprano mi licuadora y le bajo al baño las mismas veces que usted.
Detrás de las paredes, gruesas o delgadas, habitan extraños que se vuelven familiares nomás de tanto verlos pasar, pasajeros del mismo viaje a ningún lugar, girando, despreocupados, avecindados.
