Con muy pocos días de diferencia se vislumbran dos caras de una misma moneda.
Para algunos, el principio del fin de Emilio Azcárraga Jean y Ricardo Salinas Pliego. Habrá que esperar que los asuntos se desmadejen en sus términos y plazos.
Azcárraga es el jefe máximo de futbol en México. Esa condición es un elefante en la sala para el desarrollo del deporte.
En su condición de disciplina para el desarrollo físico y mental de las personas, y espectáculo de masas (o televidentes) que tiene los méritos para ser negocio, el futbol ha sido juzgado como “la cosa más importante de las menos importantes”.
Y sí, nos entretiene lo suficiente para distraernos.
La “justicia” norteamericana indicia a Azcárraga y otros dignatarios del futbol involucrados en el FIFAgate por ser una oligarquía que no se molesta en reportar una ínfima parte de ese gran pastel-negocio al Producto Interno Bruto (PIB) norteamericano.
Si la oligarquía futbolera, basada en Europa y otros notables del mundo, tuviera la suficiente colusión con la norteamericana, tal vez se nos negaría presenciar el vergonzoso espectáculo. En fin, por lo que sea, asistimos a la caída (o por lo pronto exhibición) de la corrupción en el deporte más popular del mundo.
Y en ese vórtice de escándalo está Azcárraga Jean. Según expertos consultados, la medida de Televisa es de autoprotección. Si se aferran a mantenerlo en la presidencia del Consejo de Administración del corporativo podrían arriesgarse a ser objeto de demandas millonarias y con ellas a la depreciación y crisis de credibilidad de la empresa; un lujo que nadie puede darse, dada la situación en que se han encontrado sus balances financieros en los últimos años.
Es muy temprano para anticipar resultados, pero los estrategas de Televisa, aconsejados por las probabilidades objetivas en función de negocio, en algo consideran las posibilidades de que el jerarca televisivo no salga ileso. Habrá que esperar.
Otro caso es el de Ricardo Salinas Pliego, que es genio y figura en X (antes Twitter), y quien por lo visto por su locuacidad, no considera afectar su valor en reputación individual o empresarial ante todas las escaramuzas legales en las que está involucrado.
Ambos, dos caras de una misma moneda y en diferente condición y riesgo. Para efectos prácticos en términos de opinión pública queda establecido que los oligopolistas no son invulnerables. Y si de esta no terminan maltrechos, al menos lo harán muy cuestionados.
Es una metáfora de un cambio de condiciones de quienes se arrogaron la propiedad de un país.
No sé si sea parte de un plan orquestado a otros niveles, y de serlo, no sé quién está detrás. En cuestiones de poder es ingenuo creer en coincidencias; son los dos oligarcas mediáticos más predominantes de las últimas décadas.
Otros oligarcas deberían verse en ese espejo. No tanto porque pudiera haber una mano omnímoda que mueva todos los acontecimientos para propiciarles la perdición, sino porque en estas circunstancias el sistema que los ha protegido, dentro y fuera del país, ya no opera con la misma eficacia. Y si las condiciones se conjuntan, la justicia en forma abstracta pero corpórea irá tras ellos. En términos muy materiales será lo más cercano a una “ira de dios”: implacable y humillante.
No es únicamente que hayan defendido sus intereses a costa de violentar una estructura, no solo modificarla en su diseño, sino incluso retorcerla, amoldarla con todos los medios a su alcance; tampoco es que tengan fechorías en su haber: tráfico de influencias, corrupción solapada o promovida. Más bien son las dos cosas y se configura la tormenta perfecta para que ambas se les reviertan de manera implacable.
Eso continuará nuestra reconfiguración de la manera de explicarnos el país: quienes hoy son sometidos a escrutinio han perdido paulatinamente el control del establecimiento de narrativas. Y tal parece que lo seguirán perdiendo.
