En trayectorias diversas se habrán visto episodios donde queda manifiesto lo que Enrique Krauze acuñó como término y López Obrador retomó en el primer año de su mandato como el “hampa del periodismo”.
Expresiones puristas aparte, platicando con buenos amigos, algunos periodistas de trayectoria y otros académicos de la disciplina, concluyeron: “si es hampa, no es periodismo”.
Y en estricto rigor tienen razón, pero un hampón o un sicario de la información que sale a cuadro o tiene la responsabilidad en determinados espacios podrá pasar por periodista siendo lo otro.
El vendedor de silencio, la novela de Enrique Serna donde describe la oscura trayectoria de Carlos Denegri, dejó patente un caso fechado hace décadas en nuestro país, pero como fenómeno no ha perdido vigencia. Un poderoso y corrupto periodista tuvo una influencia que no vio límites y su vida y corruptelas fueron interrumpidas abruptamente por su cuarta esposa cuando le disparó en su residencia.
Otros casos de periodismo hampón se habrán visto. El uso de presentadores de noticias con acusaciones sutiles o abiertas para presionar a empresas o gobiernos para “desatorar” el pago de alguna factura o agilizar otro tipo de trámites o negocios.
En líneas similares, usar el término periodismo de investigación donde se elabora un trabajo exhaustivo que cuestiona la honorabilidad, probidad o pericia de algún personaje de notoriedad pública (en el ámbito público o privado), presuntamente se documenta y fundamenta, pero se omite preguntar al susodicho su versión de los hechos.
Hace tiempo pregunté a profesores y teóricos del periodismo si es mandatorio preguntar al susodicho su opinión antes de publicar la pieza. “Sí”, de plano asestaron, “inclusive, conocer su punto de vista puede retardar la aparición del reportaje por la labor de sopesar la contrainformación y, en casos extremos, puede inhibir la publicación, pero difícilmente sucede en países como el nuestro. Aquí primero dan el golpe, dejan vivir la nota varios días, ahora sí, preguntando la opinión del aludido, su organización o la dependencia que dirige. Es una forma de mantener vivas las páginas sin descartar alguna forma de extorsión”.
No pude evitar recordarlo al ver el episodio más reciente, sacado a la luz por López Obrador y profundizado por Rocío Nahle. Se acusó a ejecutivos de Televisa de exigir a la hoy gobernadora electa de Veracruz 200 millones de pesos a cambio de no difundir información comprometedora sobre la refinería de Dos Bocas en Tabasco.
Algo han evolucionado las líneas editoriales de algunos medios que ya consignan el hecho. Antes, “perro no comía perro”. Ese tipo de casos, sobre todo donde se aludía a emporios tan poderosos, eran de plano omitidos por una especie de “ley del silencio”, donde los medios (o sus dueños) actuaban conforme a valores entendidos de omisión por complicidad.
El fenómeno nos remite a cuestionarnos el correcto uso de algunos derechos civiles en un contexto democrático; la libertad de prensa, concretamente. La discusión aflora en torno a “¿es libertad de prensa o libertad del dueño de la prensa?”
En ese sentido es relevante señalar si preferimos la libertad con sus posibles excesos o la censura; libertad, sin ninguna duda.
Lo que nos deja a merced de un uso responsable del derecho de réplica en el atril presidencial. Mil veces preferible que sea ventilado el caso a ser sofocado por la mal llamada prudencia, donde más bien privaba una cultura de simulación.
El ecosistema mediático se reconfigura. Las voces anquilosadas y con credibilidad decreciente menguan y comienzan a abrirse paso voces y medios distintos que solo podrán ofrecer respetabilidad para ser creíbles. Tarea nada fácil, pero no habrá de otra en democracia.
No es fácil forjar una trayectoria; mucho menos sostenerla, por eso es importante que todo el grupo de medios del país se rehabiliten y se desintoxiquen de esa especie de dependencia “yonqui” de dinero público.
La nueva dinámica de medios y periodismo es un trabajo en progreso.
