La bruma
Javier no entendía porqué las personas aparecían y desaparecían. De repente alguien se presentaba frente a él diciéndole que comiera, que durmiera o que hiciera del baño, luego se esfumaba como había llegado y daba sitio a personas vestidas de blanco que picoteaban sus delgados y cansados brazos.
La situación era confusa; apenas hace un rato veía la televisión en su cama y ahora sentía frío y extrañamiento al ver a tantas personas ignotas a su lado. Una cara familiar se presentaba de vez en cuando, pero se sentía demasiado cansado para reconocerle: alguna palabra, algún gesto, un beso y luego… la bruma.
“¿Qué es esto? ¿Dónde estoy?” Todo parecía ser tan pesado y borroso, tan tedioso. Apenas ayer estaba con su familia escuchando los viejos boleros que a los tíos les gustaba tocar en la vieja consola… El borlote y las risas. De repente, el humo del cigarro desperdigado por la habitación lo hacía regresar a esa dura cama de hospital que ya le estaba marcando los huesos. ¿Tenía 13 años, 33 o 73? Luego la bruma…
Nuevamente los doctores – ¿eran doctores? – y las preguntas que no lo dejaban descansar en paz. Ah caray, ¿descansar en paz? No, no, qué miedo. Él solo fue para que le quitaran una piedra en la vesícula y nada más. Se suponía que era una cirugía de rutina, que pronto estaría en casa escuchando jazz o rock de los 60… “¿Dónde está la herida?” Sí le abrieron, lo recordaba bien.
Lo dejaron como Frankenstein… “Esos cirujanos no piensan en la apariencia”. Probablemente ya no se podría poner un traje de baño… Traje de baño… Ah, tantas veces visitó la playa. Recordó Tampico, Acapulco, Mazatlán, Cancún, bueno hasta Niza.
Se acordó también que un año atrás visitó Vallarta con sus nietos, sus hijos y su esposa. Fueron días felices. ¿Pero cuándo fue eso? ¿Por qué ahora estaba ahí? Pero qué pereza sentía, no deseaba hablar si quiera. “Bien, todo excelente” ya les había dicho que estaba bien, que no le dolía nada, que era solo esa maldita bruma que no se iba… Todos aparecían y desaparecían, no entendían. Sin embargo, era él quien no entendía, porque de repente su cerebro dejó de funcionar igual, las épocas se entremezclaban y la bruma nunca se fue.
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Mi papá dejó este mundo el pasado lunes. Después de una cirugía que parecía ser de rutina, las cosas nunca volvieron a ser iguales; comenzó a confundirse y a olvidar cosas, hasta el punto en que olvidó cómo era vivir en este mundo: dejó de andar, de hablar y de comer, todo en semanas.
Hoy les comparto mi colaboración más personal, un desahogo que hago público pensando en que tal vez, solo tal vez, si todos hiciéramos con mucha responsabilidad lo que nos corresponde, mi papá todavía estaría aquí. La hipótesis de una negligencia médica sigue siendo la más plausible para explicar esa bruma que súbitamente inundó la mente de mi padre hasta nublarla por completo.
Lo comparto como mera hipótesis, porque finalmente la muerte es un hecho inevitable y sus causas, tan azarosas como la historia misma. En este periplo me tocó ver un sistema de salud pública desgastado y, en algunos momentos, a duras penas trabajando; a doctores y enfermeras que se comprometen con su labor y a otros tantos que solamente cumplen horarios, que ven al paciente como un número.
Todo ello me hizo pensar en la labor que todos hacemos a diario y cómo a veces no somos conscientes de que nuestro trabajo, bien o mal realizado, puede cambiar historias personales.
Finalmente, las preguntas quedarán sin responder, mientras que lo único que permanece son los recuerdos, las enseñanzas, su buen humor, su amabilidad, y en general, el amor que mi padre prodigó a su familia y amigos.
Agradezco a todas las personas que le acompañaron en vida y a todos quienes se acercaron a mí para brindarme apoyo y palabras de aliento.
Descansa en paz, papá. Descansa en paz, Francisco Javier Bernal.
