El patrimonio en los tiempos del turismo
Hace unos días tuve la oportunidad de conocer la maravillosa ciudad de Cartagena de Indias en Colombia. Si me deshago en halagos es porque había tenido el anhelo de caminar sus calles desde que de adolescente leía las novelas de García Márquez. Entre renglón y renglón de El amor en los tiempos del Cólera o Del Amor y Otros Demonios, soñaba con el momento de conocer el interior de la colonial ciudad amurallada, imaginando cómo Fermina Daza se encontraba con Florentino Ariza a la salida de misa.
Pues bien, debo decirle que si alguna vez tiene la oportunidad de visitar la celebérrima ciudad colombiana, sus expectativas quedarán más que satisfechas: callejuelas empedradas de románticos y pintorescos balcones coloniales, alegres palenqueras con exuberantes canastos de frutas y el calor húmedo que abraza tanto a flores y plantas como al propio turista, le dejarán la impresión de que está recorriendo una ciudad escondida del tiempo, del bullicio y de las modernas complicaciones de la vida ajetreada de las grandes ciudades.
Un lugar donde la historia se respira a cada paso y donde los asaltos piratas aún son repelidos gracias a esas gruesas, seculares y cansadas murallas.
Sin embargo, lejos de esa paradisíaca primera apariencia, la ciudad de Cartagena esconde un secreto que pasa desapercibido para nosotros, los turistas de lente oscuro y pantalones cortos: la turistificación masiva ha provocado que para los cartageneros sea imposible vivir en el Centro Histórico de su propia ciudad.
¿Se imagina que un día el Centro Histórico de Zacatecas esté asediado por hordas de turistas de todas las naciones que encarecen o incluso hacen que desaparezcan los negocios familiares y los espacios tradicionales para dar lugar a un hotel boutique o a un hostal lleno de mochileros? La verdad es que yo no.
Cartagena de Indias recibió el título de Ciudad Patrimonio Mundial por la UNESCO en 1984. Desde entonces, grandes inversionistas se interesaron en negocios relativos al turismo, demandando cada vez más inmuebles y encareciendo el metro cuadrado.
Con el cambio de uso de suelo, muchas familias que habitaron por años el centro se vieron obligadas a vender, en un trato que al inicio pareció ser bueno. Poco a poco comenzaron a aparecer lo que de visitante uno ve: restaurantes lujosos, hoteles, hostales, tiendas de ropa de diseñador y muchos, pero muchos bares. La gentrificación en su máximo esplendor.
La verdad es que uno siente que está en una ciudad que es una eterna fiesta donde la única limitación está en el bolsillo.
Sin embargo, tras la espectacularidad de los colores y la algarabía, el panorama histórico y patrimonial que tanto llamaba mi atención y que está ahí a la vista de todos, parece quedar relegado a un segundo o tercer plano.
Hay que preguntar e interesarse para que todos los secretos del pasado queden develados al turista común y corriente.
Recuerdo una tarde especialmente calurosa en la que, bañada en sudor, entré al museo de San Pedro Claver, antiguo convento jesuita que alberga las reliquias del defensor de los esclavos africanos. Apenas crucé el umbral de la taquilla me di cuenta de que era la única visitante: un claustro de tres cuerpos se presentaba ante mí con un silencio apenas interrumpido por el ruido de las hojas de los árboles.
Recorrí el museo sin toparme con otro visitante, un guía o incluso un trabajador del museo. Y es que la vida está afuera, en la fiesta, en los cafés y los restaurantes, porque la historia a pocos les interesa a pesar de que está ahí, a cada paso.
No pude evitar pensar en Zacatecas, en nuestra ciudad que 11 años después que Cartagena, también recibió un nombramiento por parte de la UNESCO, en nuestra ciudad que ha visto el nacimiento de festivales y espectáculos.
¿Algún día llegaremos a experimentar lo que vive Cartagena de Indias? Ojalá que no. La clave, en mi opinión, está en saber sortear y enfrentar las complejidades de la mercantilización del patrimonio. ¿Hasta qué punto es adecuado ver nuestras ciudades históricas como un bien digno de venta? He ahí el meollo del asunto.
