Por fin. El silencio. A medianoche la ley calló todas las voces que claman por un voto.
Se supone que la guerra de narrativas entró en un impasse. Y digo se supone porque habrá moscas cojoneras en WhatsApp, un espacio al que todavía no llega a plenitud la jurisdicción de la LEGIPE; y a juicio de algunos, debería.
Disfrutemos el silencio con un enfoque simple. Tenemos todo el derecho de pensar en política y deliberar. Ya escuchamos a los actores políticos, a todos.
A estas alturas usted puede ser parte de ese 8 a 13 por ciento de indecisos, cifra realmente baja, y parece indicar que la guerra de narrativas en general surtió efectos. La definición habla en general de una politización más profunda.
El periodo de veda no opera en todas las democracias. Algunas visiones liberales lo consideran violatorio del principio de libertad en el que se basa el proselitismo; o, como dicen los teóricos del marketing político, del “ritual de persuasión”.
El derecho a elegir libremente en un contexto democrático pasa por la reflexión silenciosa, misma que es una forma de respeto a la voluntad popular.
El espíritu de esa disposición se basa en que las campañas, los verdaderos interesados en persuadir, deben suspender su actividad y enfocarse —desde luego, en teoría— en el día de la elección y vigilar cualquier intento de violación al proceso electoral por parte de las contrapartes.
¿Podemos allegarnos el consejo informado de algún familiar o amigo del jueves al domingo, para sufragar? Desde luego. Se puede hablar de política en casa; sí, se puede dialogar; no solo es posible sino deseable. Pero la verdadera deliberación es la que se procesa en el silencio, la lectura, la documentación oficiosa. Infórmese.
En ese contexto, ¿qué tan fácil es ser ciudadano? Es lo mismo sencillo o complejo de determinar. ¿Por dónde transitan nuestros razonamientos para llegar a conclusiones cívicas? Votar por A o B o, de plano, cancelar el voto o abstenerse. Y si bien es tan libre esto último es la opción menos democrática.
Lo anterior, sobre todo porque es la opción que debilita el entramado de participación, resta legitimidad no solo a los elegidos sino también al proceso. ¿Para qué sirve un derecho que no se ejerce? ¿Cuál es el riesgo de no votar? En democracias consolidadas y altamente evolucionadas los riesgos son mínimos, pero en democracias en crecimiento luchar por un derecho y a la vuelta de pocos años claudicar de su ejercicio, es peligrosamente negligente.
Sí, la democracia subsana la no participación dejando en quienes sí participaron la voluntad de los abstencionistas; se debe tener cuidado con ceder el control a los actores políticos que hasta hace poco destacaban por traicionarnos.
La reflexión en silencio es un gran proceso que involucra acallar ruidos. Si usted considera necesitar silencio, tome mi consejo: evite las redes, incluido WhatsApp; de hecho en este último silencie grupos de aquí al lunes. Si se siente lo suficientemente reposado para seguir escuchando esa jaula de los locos llamada ciberespacio, adelante.
De otra forma, constrúyase su silencio y deje entrar las voces sensatas de una forma dosificada.
Y queda la última opción. El silencio como necesidad, retracción. Hay quien está definido, pero necesita interiorizarlo en función de que ya hubo mucho ruido. Es necesario contemplar el cuadro político como un paisaje desprovisto de ruido inteligible, solo el “natural”.
Los que necesitamos ese silencio agradecemos la bendita veda. Quienes optan por el ruido seguirán escuchándolo y haciéndolo. A final de cuentas ésa es la democracia y su consolidación se relaciona directamente con participar. El tiempo ha llegado, este domingo. No dejemos de hacerlo.
