Votar o morir en el intento
De hoy en ocho días, estimado lector, posiblemente estaré abordando en una próxima colaboración -dios mediante- alguna idea o consideración alrededor de los resultados del 2 de junio, producto de la jornada electoral más grande que tendrá nuestro país.
Así que, dentro de una semana, sabremos la voluntad de las mayorías y con ello iniciará un nuevo capítulo en la historia electoral, política y gubernamental del país.
México ha evolucionado democráticamente a través de los años; una democracia que costó mucho a diferentes generaciones, no solo políticamente, sino desde otras aristas que, incluso, implicó la vida de muchísimos mexicanos para que hoy tengamos un marco normativo e institucional de confianza que nos da certeza sobre las elecciones.
Lo que no cambió son los ímpetus de las fuerzas que buscan el poder político para usar diferentes estrategias, herramientas y posibilidades -algunas posiblemente ilegales o ilegítimas- para hacerse del triunfo electoral y ocupar un espacio de decisión pública que, aunque no lo veamos, puede afectar a muchas generaciones.
Hay grupúsculos políticos, personajes caciquiles, dinastías de gobierno, familias adictas al poder, sociedades de negocios o segmentos sociales que, a costa de lo que sea -sin escrúpulos o sin vergüenza alguna- se presentan a la jornada electoral para seguir viviendo del erario, no tanto para gobernar y mejorar. Siguen queriendo ser vividores de la política, son especialistas en ello. Pero nuestro voto los puede detener.
Otra cosa que no cambió es que las organizaciones partidistas han sacrificado el espectro de la calidad política de sus cuadros para dar paso a la aventura detrás de la popularidad de un determinado personaje que sume votos, independientemente del costo social y gubernamental de esas decisiones.
Dicho de otra forma, el espectro de la competencia política permite que personajes sinvergüenzas, granujas, huevones, ignorantes, grises, deleznables y demás (inserte aquí los defectos o características de personajes políticos que le vengan a la mente que han tenido un pésimo desempeño en gobierno) y sin mayor formación profesional, social o gubernamental, pero que se definen como “populares”, lleguen a ocupar cargos de gobierno y sus mandatos sean desastrosos, independientemente de la aceptación que tuvieron en la competencia electoral. De lo popular a lo perjudicial está el voto razonado.
Así que lo que está en juego no es cualquier cosa. Desde el ámbito que lo veamos, el voto es, además de nuestro derecho y obligación como ciudadanos, un instrumento de aceptación o rechazo que, en suma, da cuenta de la posición que como mexicanos tenemos de determinadas circunstancias políticas.
La alternancia electoral que experimentamos en todos los ámbitos de gobierno desde hace más de 40 años habla de la capacidad que tenemos los mexicanos de decir “ya basta” a ciertas experiencias políticas o de gobierno que nos han traído resultados funestos.
El 2 de junio no será la excepción. La jornada electoral será el escenario en el que lucharán varias expresiones (exageradamente muchas opciones en una boleta electoral) en distintos espacios.
Lo importante es que, en primer lugar, todos los que estamos atentos a la elección acudamos a las urnas e instiguemos a nuestros círculos familiares, de amistades, profesionales, laborales y sociales en general, a que hagan lo propio.
En segundo lugar, es importante que entendamos que el mayor factor a vencer no es a la expresión política que no nos gusta o no nos convence, sino la apatía de millones que desconocían de la importancia y el simbolismo del voto, y dejan de lado esa responsabilidad cívica. Y tercero, que en una democracia se gana o se pierde, punto.
No podemos morir en el intento de votar. Tenemos que salir a expresarnos, a darle la confianza plena a una preferencia electoral que nos permita andar con la frente en alto después de que nos pongan la marca de tinta indeleble en el dedo pulgar, porque eso significará que aportamos nuestro granito a la vida democrática de nuestro país, esperando que la mayoría comparta nuestra decisión de preferencia sobre tal o cual personaje, tal o cual partido, o tal o cual coalición.
Tenemos entonces que hacernos escuchar con el voto. Tenemos que depositar en la urna si preferimos a alguien que nos escuche o a alguien que se mande solo, a oídos sordos; a alguien que sepa qué es el servicio público o a alguien que no sabe qué podría hacer de tener el cargo; a alguien que sea sensible a nuestras demandas o a alguien de talante duro, autoritario y frío.
A alguien que sepa que el poder es para la gente y no para su familia; a alguien que sepa lo que es el trabajo duro y honesto o a alguien que ignore la lucha diaria por el vestido, el alimento y el sustento; a alguien que sepa tolerar o a alguien que desdeñe la discusión pública… y tantas disyuntivas más.
Como sea, hágame un favor: salga a votar el 2 de junio. O apoyamos a una expresión y castigamos a otra, o nos quedamos chiflando en la loma.
*Doctor en Ciencias Políticas y Sociales con orientación en Administración Pública, UNAM
Facebook, PonchoDelReal; escríbeme a alfonsodelrealzac@outlook.com
